domingo, 26 de octubre de 2008

El anciano (Tercera Esencia)

Su nombre no lo recuerdo bien, pero sabia que llevaba tres años estudiando medicina, su look todo desalineado era parte de su estrategia de ver el mundo y su vida. No quería hacer nada más que lo que le satisficiera. Su tez blanca de rasgos de cristal, definía mucho el tipo de mujer que era. Siempre fumaba un chino y luego un cigarrillo. Sus pocos años que reflejaba no parecían ser los suficientes por todo lo que le había pasado. Su postura recta, en la mesa junto a la ventana donde siempre se sentaba era reflejo de que quería buscar una libertad que si bien la tenia no la poseía.

Su mirada pegada a la calle de melancolías, señalando con sus ojos claros el bulevar de los sueños rotos, destruidos por cosas que de ella salieron y nunca volvieron, cada pitada del cigarrillo que daba parecía que ella se iba parte de su dolor.

En ella se veía que iba pensando que pudo hacer algo más. La voz del Tanguero arrullaba su pena pero no la dormía, el sonido del cajón hacia mas dura la emergente satisfacción de su ser.

De pronto se paro y miro a los pocos que quedaban en el recinto, con una voz entrecortada pero decidida agarro girasol y dijo: “Después de varios meses de entrar en este bar han pasado una infinidad de cosas pero lo de hoy a sucedido, ha provocado que las sombras vuelvan al ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loca. -Tiro el girasol y lo piso- Pensé que acá encontraría las cosas que tanto ansió. Mírenme de todas las veces que entre nunca ninguno de los que siempre acá vienen me miro y tampoco dessié que me miren salvo una persona, el muchacho del libro, el rato que lo vi acá fue absolutamente divino para mí.

Claro todos ahora si pensaran que estoy loca y que como puedo considerar tan divino a una persona que apenas todos vimos unos cuantos minutos. Pero se que yo lo pude haber salvado. Ese tipo de pantalón desteñido era como yo, solo una cara triste pero lleno de felicidad que solo podía ser compartida con gente como nosotros”.

Ahora si la gente le presto un poco de atención, pero nadie dijo nada. El tanguero se saco el sombrero, e hizo una reverencia de esas que ya no se acostumbran, el cajonero dejo de tocar, poniendo más frió el ambiente. Un silencio se apodero de la habitación.

Comenzó a caer una lágrima en su mejilla, solo una como ella, solo una. Los miro a todos y fulminó diciendo: “Ud anciano ya deje de escribir, ud viejo decrepito estuvo mas cerca de el y ni se inmuto en ayudarlo, no hizo nada, ¿porque? carajo; ¿porque? El anciano dejo de escribir.

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