domingo, 28 de diciembre de 2008

La Voz (Esencia Séptima)

"Todos Uds. pueden culparme de lo que más les guste. Pueden decir que soy el único culpable de este acto. De que quizás pude hacer algo más. Y me siento culpable de lo que ha pasado, pero déjenme decirle que si esto sucedió fue porque así esta escrito.

Si ahora ninguno de Uds. no dice nada porque soy yo el que les da vida y movimiento, no se dan cuenta que se lo que cada uno de los presente esta pensando.

Todos son parte de mi inspiración, de mis frustraciones, de mis alegrías, de mis movimientos, de mi música, de mis gustos... y la lista es larga y quizás no acabaría nunca pero se los digo de verdad yo se como cada de los que esta acá va hacer.

Claro mírense. Ya se que ahora pensaran que soy un viejo loco pero dentro de Uds. saben que es verdad los que les digo y en lo que respecta al muchacho del libro: el punto de discordia de todo esto, es que si se callo a mis pies, comenzando a convulsionar, yo no pude ayudarlo es porque ya era momento en que acabará, sus movimientos en esta historia.

Mmmmmm... historia se preguntaran cual historia, pues la que esta en estas páginas, acá reposa la vida de cada uno de Uds. como se comportan, de como iniciaron sus vidas de como llegaron todos a encerrarse en este bar, varias noches y tardes. Pero lo que aun no se como acabaran todos porque aun no he escrito sobre eso, estoy en proceso de hacerlo.

Como se habrán dado cuenta ya termine con uno de Uds., así es dama y señores el muchacho que entro solo tenia esa corta vida en esta enredadera de historias pues si nadie se percato este tipo nunca hablo, nunca sintió solo desapareció pues así lo quise yo.

Bueno personajes presentes; Uds. saben ya la verdad de todo esto, yo soy su creador y por tanto también el que acabara con sus personalidades en algún momento pero no teman, algunos transmutarán en otras historias, acá los que les debe interesar a cada uno es que nunca desaparezcan como esencia, porque lo material es lo de menos.

Me gusta muchas de las personalidades que les he colocado. Pero si conversaran entre Uds. notaran que hay un rasgo en común entre todos.

Ahora creo que es momento de callar y seguir escribiendo les doy las gracias por su atención y déjenme seguir con lo mío, Uds. sigan con lo que hacen que yo sabré cuando la voz de cada uno cambiará o callará"

domingo, 21 de diciembre de 2008

La botella (Esencia Sexta)

El muchacho de la barra logró comprender todo lo que había explicado el anciano, a pesar de haber usado un tono pausado, prudente pero amenazador a la vez, y por momentos con rastros de no decir nada solo vagabundear en su locución. El lo pudo entender. El cantinero seguía en la misma postura desde que llego, en los mismos actos rutinarios que a cualquiera podría sacar de quicio. Pero ahora entiende que en un bar como ese le pudieron dar un Milk in the Rock.

Pero al parecer, como el comprendió todo lo ocurrido trato de dar un paso distinto a lo que se pueda imaginar o que pudiera hacer usualmente. Agarro una silla lanzándola sobre la barra rompiéndose toda la cristalería que había en ese lugar. Un tipo alto, con pinta de rinoceronte lo agarro por la espalda y lo levanto como quien levanta un estropajo untándolo contra la pared. La cara de miedo y horror del muchacho no podía ser otra que la más amarga de las lamentaciones y sabia que el próximo paso a lo ocurrido era que le cayera una golpiza de padre y señor mío.

El rinoceronte le dijo algo muy claro con una voz rabiosa: "No intentes cosas que no están escritas, los innovadores siempre acaban saliendo de escena, pensamos lo mismo verdad así que calmado y deja de hacer tonterías".

En ese momento al oír lo que el orangután le decía, el muchacho pensó, "Si esto es como dice este tipo y como lo señalaba el anciano, yo le rompe la madre a este tipo y no me debería haber ningún problema"

El muchacho sintió como su cuerpo callo en el suelo, y todos mirándolo, la mujer junto a la ventana seguía inmóvil como si estuviera en estado de shock. Sujeto una botella y la rompió, llevándola del pico, fue corriendo hacia donde empezaban todo los males. El tanguero seguía cantando, esta vez No llores en Abril cuando vio claramente el muchacho clavaba la botella y veía como cada vidrio se injustraba en ese cuerpo, la camisa se lleno de sangre que comenzó a manchar el piso como gotas de roció.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Hablo (Esencia Quinta)

Imito a Gardel desde que lo descubrió. Digamos que fue con un amor de padre. Tomaba sus seis cervezas diariamente. Desde las 6 hasta las mil horas. Cantaba todos los días su Cambalache, pero no imagino que esta vez la tonada seria con una nostalgia que ni el mismo lo pensaban.

Fue el único de todos los presentes que siempre se acercaba al viejo a convérsale. El decía que siempre hablaban de Gardel, el Tango, los regimenes fachistas y su sueño de sacar un disco. Eso era lo que decía el. Pero una conversación era de a dos. Y en la mesa solo se le veía parlotear al apócrifo argentino.

Cuando sucedieron los hechos ese día, el botero ni se acerco al anciano cuando debía de hacerlo como todos los días. Pero el también pensaba que el anciano pudo hacer algo en ese momento.

Ahora de pie cantando, al ritmo de un cajón se escucho decir: Señor es la primera vez que oigo un tango al ritmo de un cajón - decía el milkshero de la barra. El cantinero solo atino a seguir sobando suavemente un vaso con la tela húmeda que llevaba en la mano al ritmo del lugar.

Hasta que se escucho un fuerte azote contra la mesa, se rompió la tensa calma que había y el anciano se paro diciendo...

domingo, 7 de diciembre de 2008

La Muerta (Parte II)

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación -nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte-, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

«Amó, fue amada y murió.»

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.»

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

«Amó, fue amada y murió.»

Ahora leí:

«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.