
El Articulo que acontinuación leeran; fue sacado de la revista Gatopardo; escrito por Carlos Martinez en Julio 2008 ... esperamos que le guste.
Por más de veinte años, Benicio Del Toro soñó con interpretar a Ernesto El Che Guevara. Y por fin lo logró: el actor puertorriqueño es el protagonista de Che, la nueva y ambiciosa cinta biográfica de Steven Soderbergh. Del Toro se roba la escena, con una impresionante actuación que ya lo consagró en Cannes.
Mayo de 2008. Cannes, Francia. El glamuroso festival de cine de la Costa Azul ha hecho hoy una excepción a la regla: adelantar la hora del estreno de gala que llenará el acceso de fotógrafos y de fanáticos en busca de autógrafos. Sólo algunos elegidos pueden permitirse el lujo de imponer condiciones en una de las mecas del cine. Es el caso del siempre fiel a sí mismo Steven Soderbergh, uno de los pocos directores en el mundo que puede saltar de una gran producción de Hollywood (la saga de Ocean’s) a una de autor (Traffic), sin resbalar en el intento. La expectación por conocer la historia de una imagen icónica titulada Che no podía ser mayor. Hasta el último instante no se supo si iba a participar en la competición. La alfombra roja empieza a recibir a los invitados. Una larga fila de coches oficiales impolutos espera su turno. Finalmente aparece el equipo de la película y el más esperado: Benicio Del Toro. De traje azul petróleo, con el pelo teñido de negro caoba y los casi 190 centímetros que recorren su cuerpo, saluda y de vez en cuando guiña el ojo. En los anchos hombros de este actor puertorriqueño ha resucitado Ernesto Guevara.
Han tenido que pasar casi dos lustros para que este largo proyecto llegara a su fin y se exhibiera en una gran pantalla. Una historia de acción, de acción guerrillera que empieza en la Sierra Maestra de la Cuba de Batista y acaba en La Higuera boliviana de Barrientos. Todavía en Cannes y tras ganar el premio de interpretación, Benicio Del Toro les cuenta a los periodistas cómo se cruzó con su alter ego: “Yo no conocía mucho al personaje. Crecí hasta los 13 años en Puerto Rico, que es lo mismo que crecer en Estados Unidos, y allí el Che era un tipo satanizado, malo. La primera vez que escuché su nombre fue al oír una canción de los Rolling Stones, “Indian Girl” del álbum Emotional Rescue. La segunda vez que tuve cotacto con él fue en 1987, cuando estaba rodando una de mis primeras películas, una de James Bond que filmamos en México DF. Entré en una librería y descubrí un libro sobre él que me llamó la atención por su maravillosa sonrisa. Pensé que había algo malo en aquella librería, estaba llena de fotografías suyas. Pero luego me compré el libro y lo leí, y más tarde viajé a Cuba y conocí a gente que lo quería. Fue entonces cuando empecé a preguntarme de verdad por aquel hombre”.
Años más tarde, Del Toro y la productora Laura Bickford compartieron su apasionado interés por la figura de Ernesto Guevara y negociaron la posibilidad de adaptar al cine la mejor biografía que existe del Che, la escrita por Jon Lee Anderson. “El libro era muy grueso y la historia muy larga… tardamos mucho tiempo, fue un proceso muy largo; pero empezó a caminar la película cuando Steven tomó las riendas”, explica Del Toro. Fue durante el rodaje de Traffic, producida por Bickford y con la que Benicio consiguió un Oscar, cuando le propusieron a Soderbergh dirigir el proyecto.
El cineasta tuvo que ver la imagen del revolucionario en la nalga de una mujer en Nueva York para pronunciar el “sí quiero”. “Estoy seguro de que aquella mujer no sabía quién era ese tipo que llevaba tatuado. Y ésa era mi idea: darle una historia a la foto de la camiseta”. Es decir, la fascinación por el guerrillero desde la mirada de un supuesto “agnóstico”. Soderbergh se define así y añade que su filme sólo tiene sentido si se contemplan sus casi cinco horas de metraje, proyectados con una pausa de media hora en Cannes, pero partidos en dos para su estreno comercial. La proyección del filme en este festival no incluyó créditos y Soderbergh explicó que fue intencional, que no se debía a un problema de falta de tiempo, y que lo ideal era que el estreno fuera así y regalando un programa de mano a los espectadores. “A pesar de lo mucho que filmamos, quedan por rodar todavía una o dos películas sobre esta vida tan cinematográfica”, añade.
La primera parte, 137 minutos, sitúa la acción en Cuba. Es noviembre de 1956. Un entonces joven y apuesto abogado, Fidel Castro, navega de México a La Habana con ochenta rebeldes, entre ellos, el médico argentino Ernesto Guevara. Juntos derrocarán la dictadura corrupta del general Fulgencio Batista. La victoria de la Revolución cubana hará del doctor, El Comandante, un héroe revolucionario.
La segunda parte, más corta, cuenta la misteriosa desaparición del Che y su reaparición de incógnito en Bolivia donde reclutará seguidores con la firme intención de expandir por Latinoamérica la Revolución cubana. Sin embargo, los propósitos de El Comandante se verán alterados: llegará la derrota junto a sus compañeros y su trágica muerte en el poblado de La Higuera, donde todavía hoy —ya levantado el veto—, lo veneran como santo.
El parecido entre Ernesto Guevara y Benicio Del Toro es más que sorprendente; tanto que hasta la verdadera imagen del Che queda alterada en la memoria y borra del mapa los otros intentos del cine por llevar la vida del revolucionario a la pantalla (de Gael García Bernal a Eduardo Noriega). El acercamiento a este ser humano contestatario le ha costado siete años de investigación. Del Toro defiende la vigencia del Che, “su potencia simbólica” y cuando le toca calificar a la figura histórica lo resume de forma lacónica: “le debo mi respeto”. El mismo respeto con el que se toma su profesión, tal como lo aprendió de su padre, don Gustavo, más conocido como el abogado de los pobres, según el periodista Dominic Wills. Su madre, Piqui, también jurista, murió a los 33 años de hepatitis cuando Benicio apenas tenía nueve.
Semejante palo para tan corta edad lo preparó para la vida. Es riguroso, trabajador y tenaz, como su admirado Comandante.
Tiene claro lo que quiere y así lo ha demostrado con su impecable trayectoria, que se ha labrado desde abajo. Del Toro, el que se ganaba la escena desde atrás, el que desde su primer papel en la serie de Miami Vice, se ha convertido en uno de los actores más respetados por la crítica y el público. Y que en plena madurez, tiene 41 años, afronta con la misma ilusión y concentración el papel de su vida. “El proceso de interpretar al Che ha sido para mí muy diferente al de otras películas”, acepta el también productor. “En este caso, al tratarse de una persona real, lo hice por medio de la propia persona y de lo que escribió”, añade.
El trabajo de documentación del actor puertorriqueño se basó principalmente en empaparse de toda la documentación gráfica que existe. “No hay tanta como parece. De su vida cotidiana el material es poquísimo. El Centro de Estudios del Che Guevara de La Habana me dio acceso al material sobre él y ahí pude ver muchas de las imágenes que utilicé. Hay muchas fotos y por ahí trabajé el personaje, aunque también de su escritura pude sacar algunas ideas. Mi acercamiento es a un ser humano no a un icono y por eso he intentado reunir la mayor información posible: libros, fotos, entrevistas con personas que lo conocieron”.
Pero también hay que añadir los múltiples viajes que hicieron el actor y Bickford a Cuba, Bolivia, París, Miami. “A cualquier lugar donde hubiera una persona que quisiera contarnos algo del lado que fuera. Una de las cosas más increíbles de hacer una película sobre la Revolución cubana, es que mucha de la gente que luchó entonces, sigue viva”, constata la productora.
El rodaje de esta película parece haber sido una excepción, comparado con cualquier otra producción cinematográfica.
Como la vida de Ernesto Guevara, en relación con la del resto de los mortales. ¡Hasta la victoria, siempre! El grito revolucionario que levantó más de un ánimo en las tensas horas de batalla, ha servido para sacar lo mejor del equipo que trabajó en el filme. Y a la cabeza sin duda, Benicio, convertido en Che. Antes y después del sonido de la claqueta. “Benicio dejaba de ser Benicio. Nos convertíamos en un todo. Se jugaba mucho, se improvisaba, se creaba. Nos aconsejaba, nos marcaba. Era el motor de la película”, recuerda Ezequiel Díaz, actor argentino que interpreta al Loro, uno de los guerrilleros que sobrevivió al ataque en Bolivia. “La experiencia ha sido para todos increíble. Se creó una hermandad y un compromiso que de alguna manera perdura tras el rodaje.
Estábamos todos a favor de la causa. Sentíamos que estábamos dejando un legado”, añade.
El director de Sexo, mentiras y video rodó en México y en España la historia que ocurre en Cuba, Bolivia y fugazmente en Nueva York. La ciudad mexicana de Campeche se disfrazó de Santa Clara (Cuba). El embargo de la isla no permite la entrada a los gringos, y menos aún si en este caso recuperan para medio mundo el corazón de su historia. Soderbergh llegó al rodaje en España, última parada del inmenso proyecto, sin saber una palabra de castellano y dispuesto a convertir el paisaje ibérico en el altiplano boliviano. Según cuentan fuentes del equipo español, el primer día de rodaje el director se reunió con todo el equipo técnico y artístico y, en perfecto español, explicó qué era para el Che y cuál era la película que pretendía rodar. El estadounidense se había aprendido de memoria, palabra por palabra, el par de folios en el que explicaba su filme. Dejó boquiabierto al equipo y se puso manos a la obra. Eso sí, no volvió a abrir la boca: el rodaje fue rápido y apenas dirigía a los actores.
Cuarenta años después de su muerte, existen muchas razones para que el Che siga siendo un potente símbolo. No en vano la fotografía que le tomó Korda es la más reproducida de la historia. “Él representa claramente una imagen de joven rebeldía y de idealismo y creo que ambas cosas son eternas. No importa si políticamente eres de derechas o de izquierdas. Sus valores son universales. Otra cosa es cómo implantarlos”, afirma Bickford. De hecho, es la última parte de la vida del Che, en la que decide dejar de nuevo a su esposa e hijos y ser fiel a sus principios hasta las últimas consecuencias en Bolivia, la historia que en origen quisieron contar. “Era la parte más desconocida de su vida. Queríamos explorarla y contarla con detalle, pero no se iba a entender si no la contextualizábamos, si no contábamos lo que había pasado antes”, recuerda con su dulce voz la productora. Pero existía además otro inconveniente que chocaba de frente con el propósito de rigor que todos los implicados le querían dar al proyecto. “Condensar en una sola película tanta información significaba empezar a distorsionarla. Así que Soderbergh propuso hacer dos”, apunta Peter Buchman, el guionista. Y los panes y los peces se multiplicaron.
“Con el presupuesto de una película conseguimos hacer dos. Y eso nunca hubiera sido posible sin alguien tan tenaz y rápido como Steven”, añade la productora.
El riesgo asumido fue una necesidad. El interés inicial de los grandes estudios se esfumó cuando la película dejó de ser una y hablada en inglés para convertirse en dos largometrajes rodados en español. “Vimos que era imposible ser fieles a la historia, a lo ocurrido y no contarlo en español. Ahora hasta me da vergüenza recordar que en un momento pensamos hacerlo en inglés”, confiesa Bickford. El desinterés de Hollywood se compensó con la participación de varias productoras europeas y la cadena de televisión Telecinco que completaron los casi setenta millones de dólares de presupuesto. Para Soderbergh su película habla del Che, pero también habla de lo que era estar cerca de aquel hombre y para lograr esa sensación el cineasta sólo veía posible un filme rodado en español, pese a la barrera comercial que eso significaría. “Era un problema de credibilidad. Yo sólo espero que lleguemos a un momento que si uno rueda una película sobre una cultura esa película respete su idioma. Me gustaría pensar que cierto tipo de imperialismo cultural ha llegado a su fin. Dicen que en Estados Unidos no nos gustan los subtítulos pero lo que de verdad no gustan son los doblajes”.
“Para mí no ha sido sencillo rodar en español —dice Del Toro sobre su lengua materna—. Yo hablo puertorriqueño, y además dejé el país a los 13. No fue nada fácil. El Che hablaba como un intelectual, tenía un español muy rico, así que hice un esfuerzo muy grande por hablar de una manera natural con su acento”. El guirigay de acentos latinoamericanos fue una constante durante los meses de trabajo. Entre cinco y diez profesores de dicción trabajaban con el reparto. Entre ellos, el sobrino del Che Guevara, que consiguió que Benicio adoptara con precisión el acento argentino-cubano lavado del guerrillero.
Si bien el guión de la película se inspiró finalmente en los diarios que escribió el Che, el cronista Jon Lee Anderson y su biografía fueron consultados permanentemente. “Cuando Steven decidió asumir el proyecto, me llamaron y me propusieron que fuera su asesor. Fue a principios de 2006 cuando filmaron las escenas del Che en la ONU (1964). Desde entonces he estado en contacto con mucha más frecuencia, respondiendo a preguntas casi siempre de orden histórico del director o del guionista. Leí y compartí con ellos mi opinión y criterio sobre los guiones, y también atendí sus preguntas durante el rodaje. En todo este tiempo siempre he notado la pasión del director por producir algo que fuera lo más apegado a la verdad. Aunque se basaran en los diarios del Che, siempre sentí que era su película”.
De la vida privada de Ernesto Guevara apenas vemos dos referencias y las críticas al personaje se limitan a una movilización en Nueva York en la que los manifestantes le gritan “asesino”. Che, dice Soderbergh, no pretende complacer a nadie y menos a los “insaciables” anticastristas.
Benicio Del Toro no luce igual con la barba del Che. Sus ojos claros, de un verde–azul intenso, son marrones en uno de los planos finales del filme. Al actor le favorecen el puro y el aire desaliñado de guerrillero. El Che se sostiene por completo en sus anchos hombros: desde las primeras dos horas, frondosas y visualmente más espectaculares que las dos siguientes, más duras y secas. Si en Cuba vemos una guerrilla joven y fuerte, con unos “barbudos” morenos y guapos, dispuestos a comerse el mundo, en Bolivia nos encontramos con un grupo menguado, abatido y descreído. La tragedia asoma en la interpretación del actor puertorriqueño, alma y cuerpo de un filme construido enteramente a su medida. Benicio Del Toro es la película.