
Había que reconocer que Don Fibres era un hombre excéntrico. No hacía falta tener la agudeza de un medidor de tendencias, ni la finura intelectual de un experto en encuestas, para percatarse, a más de cien metros, de que era un señor muy extravagante.Lo primero que se apreciaba era lo inusual de su vestimenta: riguroso terno oscuro y capa española, con sombrero de copa negra a veces. De cerca, se imponía su corpulencia, su obesidad algo torpe y el deslizarse de ese cuerpo de navío por las aceras, dejando a su paso, a cada lado, sendas estelas de pestín a sudor más o menos rancio. Carrilludo de cara, estaba su cabeza redonda coronada por una calvicie de las que dejan el cráneo brillante, casi pulido, que destellaba al sol gracias a esa grasilla protectora que la piel sabiamente dosifica. Intentaba paliar su miopía con unas gafas de cristales tan gruesos que quedaba la duda de si por ellos llegaría a ver algo o eran, solamente, tapaderas para sus ojos de topo. Pero, sobre todo, eran esas gafas de cristales recios, concéntricos y que parecían superpuestos, las que le mostraban más alejado del mundo que cercano a él.











