
Era un pasadizo algo largo, a los costados se distinguían varias puertas cada una colocada en forma de zigzag con referencia a la anterior. Poca importancia le pude dar a esos detalles. El piso de parquet muy lustrado y limpio. Tan brilloso estaba el piso que uno podía reflejarse en el. Los harapos que llevaba podían distinguir un desgaste físico; rotoso, sudoroso, cansado era lo que sentía y veía. Pienso que era mayor mi cansancio mental. No tuve mas remedio que dejar desplazar mi cuerpo por ese pasillo, que era angosto similar a los caminos de herradura, pero en vez de encontrar alrededor basta vegetación y paz; solo se veía enormes muros de concreto con puertas de acabados simples y mundanos. Ahí cada una tenía una particularidad. En la cerradura de cada una de ellas tenia injustrada una llave de la cual colgaba una letra, como si fuera un llavero que al parecer decía una frase pero la cual no pude descifrar. Todas las puertas tenían las mismas características, todas de color dorado. Con una letra en la puerta. Todas eran idénticas con excepción de una. La que se encontraba delante mío. A varios metros de distancia donde me encontraba. El enorme peso del cansancio que tenia a duras penas me hacia que mi cuerpo se moviera. Me sentía como si llevara un colchón de piedras en la espalda. Cuando andaba por ese pasadizo eran muy fuerte mis ganas de llegar a esa puerta al frente mío. Tenía una enorme curiosidad. De pronto me doy cuenta que tenia una bala injustrada en mi pierna izquierda. No veía sangre, ni rastro alguno que aquel orificio me podía ocasionar algún otro malestar. Pero me dolía. Cuanto mas me acercaba a la puerta aumentaba el dolor, no había forma de evitarlo, pero yo deseaba llegar a ese punto. Era muy fuerte esa sensación que me decía que ahí estaba bien llegar. El corazón comenzó a latir más fuerte. Una especia de taquicardia era la sensación que tenia. Mi cuerpo no aguanto más y tropecé. Caído ahí en el suelo pensé en no levantarme y quedarme tirado, a solo unos cuantos pasos mas para llegar a la puerta de enfrente. Me puse de pie y avance rápidamente hasta ese arco de madera. Me apoye al marco y te vi sentada en medio de una enorme habitación. Estabas callada, diría que pensativa pero no lo puedo asegurar. Me sorprendí nuevamente al verte. Tú ni te inmutaste al verme, te quedaste en la silla con la misma expresión. El dolor que sentía en la pierna se había puesto duro y despiadado, al punto que vi morada toda mi extremidad; desapareció. Me acerque, te llame. Y mirándome murmuraste un: Hola. Ahí yo sorprendido aun te dije: Que pasa Chiquilla. Me estas oyendo. Un silencio realmente atroz, destructivo y violento sacudió la habitación por un pequeño momento pero en realidad fue mas largo que lo que el tiempo marco. Hasta que se rompió el silencio con tus palabras. Con una mirada de tristeza decías: no te dije acaso que los ángeles también necesitan ayuda. Me desperté

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