domingo, 28 de septiembre de 2008

Lápiz (Esencia Primera)

En ese bar solo se respiraba amargura y pena, la chica de la esquina junto a la ventana mirando a la calle, pero en realidad mirando a la nada con su cigarrillo en la mano fumaba como se consumen las penas en la soledad; al otro lado en viejo tanguero con su saco negro no dejaba de menear la cabeza de un lado a otro reprochándose de que el pudo hacer algo mas. En la barra en cantinero secaba los vasos con un estropajo de las esperanzas perdidas y la letenidad de sus movimientos no dejaba entrever ninguno anuncio de que fuera hacer algo distinto en los próximos minutos.

La chica seguía mirando la calle, esperando encontrar en ella el resumen de todo lo que había sucedido; aun afuera estaba esa vagoneta en la que llego, pero nadie supo si era su medio de transporte o su casa. El iracundo silencio podía destruir los nervios de cualquiera que se acercara en ese momento, nadie pensó que tal hecho los arrastraría a todos juntos.

Una vez mas las puertas del bar se azotaron, tan fuerte que detono todo el silencio imperante, en la arco de las despedidas estaba un muchacho de tez oscura con un terno que dejaba ver el paso de sus años. Con un cajón comenzó a tocar al ritmo que la casona lo pedía, nadie en el bar decía nada, nadie se quejo, nada paso. El muchacho seguía con sus minuciosos armónicos tambaleando el cajón, y el sonido hacia que el lugar se sintiera mas sobrio de lo que ya estaba, el tanguero se paro y se acomodo su bufanda, se coloco su sombrero… con un pasos gallardos se fue acercando lentamente a donde el muchacho estaba, se puso delante del cajonero y empozo a adornar esos rítmicos ecos con su voz al tono de cambalache; en ese momento la mujer de la ventana noto que el bar había un poco menos de gente desde que sucedió todo, pero no pudo ocultar su extrañeza, al ver que el viejo de la mesa del centro seguía escribiendo, como llevando la cuenta de todo lo sucedido, lo miro fijamente y le paso la voz, el sonido que hacia su garganta era carrasposa, el anciano no hacia ni mueca de que la oyera.

Luego de un buen rato de alaridos el escribano levanto la cabeza; la miro y le dio una sonrisa tierna, acomodo su cuaderno de apuntes y siguió escribiendo lo que estaba sucediendo cuando se rompió la punta del lápiz.

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